Claudio Martínez Gallastegui “Sin duda volvería a navegar”

A lo largo de toda su historia en plena simbiosis con el mar, Castro Urdiales ha sido protagonista de proezas, sacrificios, vivencias y protagonismos singulares, llevados a cabo por una cadena de hijos extraordinarios que hicieron del mar su vida en beneficio de sus familias, porque ante todo y sobre todo, estaba el bienestar de los suyos más allegados. Una de estas personas, que durante toda su vida han estado ligadas a los avatares del mar, es sin duda alguna Claudio Martínez Gsllastegui, quien acaba de estrenar su 81 cumpleaños en el seno de su familia. Claudio se casó en el año 1952 con María Teresa Barquín Millor, con quien tuvo seis hijos: Maite, María Bego ña, María Luz, Alfredo, Miguel Ángel (ya fallecido) y Pilar.

 Claudio Martínez Gallastegui es un auténtico ‘lobo de mar’ de 81 años, que vivió los momentos más duros y los más felices de su vida sobre la cubierta de un barco.

Este es Claudio Martínez, de la familia de los apodados Delfines, conocidísimos en Castro Urdiales por ese apodo y queridísimos por la ciudadanía. Un hombre que cada segundo, como si no pudiera evitarlo, lanza una mirada al mar y, en ella, se nos antoja ver reflejada la nostalgia por una vida que, a pesar de los sinsabores y sacrificios, volvería a vivirla con todas sus consecuencias.

PREGUNTA.- ¿A qué edad se embarcó por primera vez?

RESPUESTA.- Tenía apenas 12 años, coincidió con la guerra civil, eran tiempos muy duros, en casa hacía falta dinero y por ello la escuela quedó en un plano muy inferior, sólo pude adquirir los conocimientos más elementales para poder desenvolverme en la vida.

P.- ¿Recuerda la primera embarcación con que se hizo a la mar en Castro?

R.- Fue la Estrella Polar, propiedad del castreño Angel Tueros. Coincidió con una época en la que había muchos barcos en nuestro puerto, casi 30, entre ellos las famosas letras A, E, H, I, J, K, L, M, N, El Apolo, La Júpiter, La Gavilana, El Perales, La Bonita de Perales, El Patriarca San José, El San Pelayo, etc. El movimiento en el puerto era muy grande.

P.- ¿Cuándo marchó de Castro para navegar desde otras bases?

R.- Antes de casarme, en 1944 marché a Santurce porque allí se ganaba más dinero. No tardé en desplazarme a Pasajes para embarcar en los arrastreros, donde permanecí cinco años. Después embarqué en los bacaladeros otros cinco años más, para regresar a continuación a Castro, donde estuve muy poco tiempo, puesto que inmediatamente embarqué en la Marina Mercante, en la que estuve los últimos 20 años de mi vida activa, hasta jubilarme anticipadamente en 1983 debido a la enfermedad de mi hijo, Miguel Angel, ya terminal.

P.- ¿En qué barcos, principalmente, navegó durante el periodo de la Marina Mercante?

R.- El primero fue El Miguelín Pombo, luego en El Joselín, el San Remo y finalmente en el San Bruno.

P.- ¿Qué rutas cubría en aquella época?

R.- Las primeras salidas las hacíamos desde Avilés con bobinas de acero para el Havre francés. Posteriormente, con salida desde Bilbao, la ruta a Londres era la más habitual.

P.- Este constante cambio de barcos y rutas ¿qué lo motivó?

R.- Todo fue para mantener a mi familia, primero mis padres y luego la que yo formé con María Teresa. Tengo la satisfacción de que a mi mujer y mis hijos nunca les ha faltado nada, por lo que todos los sacrificios no han sido baldíos, ha merecido la pena.

P.- Entre todos los sacrificios ¿cuál fue el más duro?

R.- Sin duda alguna tener que dejar a mi mujer cuando apenas habían transcurrido dos meses de casados, pero había que armarse de valor porque las circunstancias mandaban, el fantasma del hambre sobrevolaba sobre nuestros hogares y todo sacrificio era poco para resolver los problemas. Tuve que marchar a Terranova, a la pesca del bacalao y cinco meses y medio después regresé de permiso y me enteré que mi mujer estaba embarazada y que esperaba el primer hijo dentro de los dos meses siguientes. Entonces me volvieron a llamar para volver a Terranova, solamente habían transcurrido 15 días de permiso, y allí me enteré que había sido padre de mi primera hija, Maite. Cuando regresé de permiso cinco meses y medio después, lógicamente, no me conocía y hasta me rechazó en un principio. Luego todo se normalizó y me sentía feliz, era padre de una preciosa niña y mi felicidad interior era muy difícil de explicar, por lo menos yo no encontraba palabras.

P.- ¿Qué recuerdo le dejó la huella más profunda?

R.- Todos los momentos malos que he pasado, desde cuatro corrimientos de carga en otros tantos barcos debido a los temporales, por los que los barcos se escoraban peligrosamente, hasta una ocasión en la que entramos en Pasajes, a bordo del arrastrero Mari Paz, propiedad del armador castreño Isaac Vargas, con la cubierta totalmente arrasada por un temporal. Aún recuerdo la cara de asombro que pusieron aquellas personas que esperaban nuestra llegada, aún no me explico cómo pudimos llegar a puerto.

P. ¿Tiene alguna anécdota que destacaría a lo largo de su dilatada vida marina?

R.- Sin duda alguna, por lo inolvidable de la misma, la que nos ocurrió en el puerto de Irán, el 28 de diciembre de 1976, cuando nos prendieron fuego al barco, entonces el San Remo. Cuando llamaron a mi camarote, entonces individual, les despedí con cajas destempladas porque creía que se trataba de una inocentada dado el día que era. Pero inmediatamente comencé a oler a quemado y me di cuenta de que el barco se estaba quemando de verdad y había que salir cuanto antes a cubierta. Afortunadamente no tuvimos que lamentar ninguna víctima humana.

P. De toda esta larga e intensa vida ¿qué no le importaría repetir?

R.- Sin duda volvería a navegar, lo haría muy a gusto (tercia su hija Pilar para decir que “a mi padre le afectó mucho tener que retirarse prematuramente al encontrarse pletórico de salud y fuerzas, todo fue por mi difunto hermano”). Volvería con sumo gusto a navegar.

P.- ¿Qué diferencias técnicas y humanas fue denotando en los barcos a medida que pasaban los años?

R.- Fueron muy grandes; recuerdo que en mis primeros años en Castro llevábamos a la mar una jarra de agua que cogíamos en una fuente que había en La Plazuela. Esa era toda nuestra comida porque hasta los armadores eran muy pobres. Luego en Santurce las cosas fueron mejorando y, más tarde, ya en los arrastreros, las cosas mejoraron notablemente, pero el cambio definitivo lo experimenté cuando embarqué en la Marina Mercante. Aquel era ya otro mundo muy distinto, se comía muy decentemente, se ganaba bien y hasta tenía camarote individual. Pero eso sí, la vida en el mar seguía siendo muy dura, pero había que soportarla porque detrás había una familia a la que alimentar y procurar que no le faltara de nada.

P.- También hizo pinitos en el remo, ¿cómo fue?

R.- Tenía 18 años y en plena juventud  ya se sabe que existen ciertos gusanillos que surgen de la noche a la mañana y contagiado por mis compañeros, entre ellos Pedro Laza Patiño, José Chillén y el patrón Cecilio, entre otros, me animaron y estuve unos meses formando parte del la tripulación del batel. En realidad fue una experiencia más porque no conseguí ningún título.

Extraído de: elalerta.com

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