miércoles. 28.02.2024

Muchas son las historias que todos conocemos a través de los medios de

comunicación sobre esos inmigrantes que se juegan su vida en un cayuco

en el intento de alcanzar un futuro mejor en nuestro país. Algunas de

esas historias, lamentablemente, acaban con un desenlace fatídico, pero

otras se pueden contar. Es el caso de los seis inmigrantes que se

encuentran en la actualidad instalados en el centro de primera acogida

de emergencia, que la Cruz Roja de Castro Urdiales tiene ubicado en el

barrio de Talledo (Ontón).

Trasladados en su mayoría de las costas canarias, estos seis jóvenes

reciben en Castro una primera acogida en la que se les proporciona

clases de alfabetización, de español, Internet, etc. El objetivo: que

en un periodo de tres meses -plazo máximo que pueden permanecer en el

albergue- manejen todas la herramientas necesarias de integración en

nuestro país, para tener autonomía propia y buscarse esa vida que

anhelan.


Tres meses


Sandra González, educadora del albergue de Talledo, comenta que

durante esos tres meses de estancia en centro «tienen que aprender

recursos, habilidades sociales, y sobre todo, tienen que integrarse en

la sociedad». «Estas herramientas les facilitará en parte, el poder

conseguir un trabajo y un lugar digno en el que puedan vivir».


Con respecto a las nacionalidades que convergen en en este

albergue, Sandra asegura que hay de todo: Senegal, Nigeria, Burquina

Faso, India, República de Liberia. No obstante, en la actualidad los

seis jóvenes que han sido acogidos por la Cruz Roja en Talledo proceden

sobre todo de Gambia y Costa de Marfil. Y es que el albergue acoge a

grupos que se van rotando continuamente.


Tareas


A pesar de las atenciones de las que disponen estos inmigrantes en

el centro de acogida castreño, su tarea por integrarse en la sociedad

no es un camino de rosas ni mucho menos. Cada día recorren a pie unos

cinco kilómetros -otros tantos de vuelta- desde Talledo a Otañes para

coger el autobús. Y es que durante su estancia en Castro también bajan

hasta la ciudad para recibir clases de español en la Escuela de

Adultos, además de practicar deporte, sobre todo fútbol sala en uno de

los polideportivos municipales.


Tal es su pretensión por integrarse en la sociedad que durante la

Pasión Viviente de Castro Urdiales, declarada Fiesta de Interés

Turística Regional, varios inmigrantes participaron como personal

preventivo de la Cruz Roja. Su educadora lo tiene muy claro: «se

integran muy rápido con la gente del pueblo, hacen amigos con facilidad

y no tienen demasiados problemas».


Una jornada


Desde primeras horas de la mañana, estos seis jóvenes comienzan su

actividad. A las 8,30 horas se levantan, hacen sus cama, se asean. Una

hora más tarde desayunan y después realizan tareas de limpieza en la

cocina, el salón, la habitación, el baño...En torno a las 11 de la

mañana llevan a cabo las tareas programadas durante la semana, los

cursos de alfabetización, y sobre todo las clases de español que son

las que le facilitarán un trabajo.


A las 13, 30 horas, es el turno para comer. Aunque cuentan con un catering, ellos mismo se encargan de preparar la comida.


Ya por la tarde, entorno a las 15,30 horas, estos jóvenes retoman

las actividades programadas: taller de cocina, taller de periódico,

etc. y por la noche, cena, limpieza de cocina, ver la televisión y a

dormir.


Una jornada rutinaria durante tres meses, que los seis inmigrantes

deben aprovechar al máximo, porque de ese periodo formativo depende el

que consigan un trabajo digno, que asu vez les permita disponer de los

famosos 'papeles' y por tanto poder, aspirar a tener una vivienda.


Todas las ilusiones y aspiraciones de estos jóvenes inmigrantes hacen que este albergue sea el de la esperanza.


Dos jóvenes unidos por un mismo destino

Tienen 22 y 18 años y llegaron a España en cayuco desde Gambia hace dos

meses. Sidia Conteh y Alasana Jaiten, afortunadamente, pueden contarlo

porque hay otros que se quedan en el camino. De las Islas Canarias

llegaron al albergue de Talledo dispuestos a conseguir un trabajo y

quedarse en Castro. En estos dos meses han aprendido español -en el

caso de Alasana no sabía ni leer ni escribir-, requisito imprescindible

para conseguir sus objetivos.


Sidia y Alasana son algo más que amigos. Desde que decidieron

emprender su aventura son inseparables. Han compartido penas y alegrías

y han visto la muerte cerca, muy cerca. En el albergue de acogida de

Talledo han vuelto a sonreir. Son conscientes de la dificultad de

encontrar un trabajo y más sin disponer de papeles, pero día tras días

bajan a la ciudad a probar suerte. No pierden la esperanza de encontrar

un trabajo. «Alasana y yo siempre vamos a Castro a buscar trabajo, pero

es muy difícil cuando no se tienen los papeles. Tenemos muchos amigos

en Castro que nos están ayudando», asegura el joven Sidia, un enamorado

del fútbol sala como lo son muchos castreños. Aunque la tarea de

encontrar trabajo es ardua, no lo es menos el desplazarse desde el

albergue hasta Castro. Toda una odisea ya que desde Talledo hasta la

primera parada de autobús, ubicada en Otañes, hay más de cinco

kilómetros, distancia que recorren todos los días a pie.


Pero a pesar de todo, la sonrisa de Alasana no desaparece. «Nuestra

familia está aquí, Sandra, Tamara y los voluntarios nos ayudan mucho.

En el albergue limpiamos, preparamos la comida que nos traen,

estudiamos español tanto aquí como en la escuela de adultos de Castro».

Está claro que en Castro se sienten como en casa, pero eso no quiere

decir que no añoren a sus seres queridos. Al fin y al cabo, no hay que

olvidar que uno de los objetivos de su viaje al 'paraíso' es ganar

dinero para ofrecer una mejor vida a quienes se quedaron en su país.

«Quiero tener un trabajo para poder mandar dinero a mi madre», confiesa

Alasana.


Una vida mejor


La pregunta era obligada para ambos. ¿Por qué arriesgar la vida

para venir a España? Alasana y Sidia lo tienen claro. «Queremos una

vida mejor, en África no hay dinero». Son conscientes de que les queda

un mes para abandonar la que ha sido su casa desde que llegaron a

España. Pero no pierden la fe.


«Quiero vivir en Castro, no quiero irme a ningún otro sitio porque

aquí tengo muchos amigos y aquí me han acogido con los brazos abiertos.

Estoy encantado y feliz», acierta a decir Sidia, aún con mucho esfuerzo

a la hora de expresarse en castellano. El tiempo dirá si la historia de

Alasana y Sidia tiene un final feliz.



Extraído de: eldiariomontanes.es

El albergue de la esperanza